AIRE.
Siempre
supe que las esquinas doradas del tiempo,
adornarían con luces labradas las palabras perdidas del aire, acompasado
con papeles morados de cera, recibiendo cascadas heridas y cristales mojados,
rompiendo baldios sentidos que moraban con cercenadas modestias sus cadencias
sonrojadas.
Inocente
color desdichado, sombras que ilustran con devoción las miradas perdidas,
derrotados, saciados de imaginación, malherido y de combustión repoblada,
subyacente, anclado y rendido con letras prendidas de aros doblados por el paso
del viento y de dibujada emoción.
La
orilla del tiempo adorno mi frente con un lejano camino de diásporas consentidas,
de tormentos bajos sobre lechos de madera prendida, de arrogancia enjaulada
entre libros de hojas perennes, que surcan las raíces prohibidas al aroma del
otoño sufrido, alado y desarmado
Valiente
y encorvado sendero, aquel que traza al ritmo de los latidos que nunca
parecieron perdidos, que nunca prometieron los rizos de una playa, sobre la
arena dorada del libre templo arbolado, con su retorno al fuego encerrado y a la
sonrisa prendida, emancipado de temores y cosiendo rodillas.
Iluminado
y abrigado por los brazos brillantes de un latente cansado y un viaje radiante,
sobre arenas que calman el sofoco del calor redimido, que acompaña los pasos de
la caricia dolida y debida, hasta que se esconden las manos de cambiar las líneas de pie, desdoblando los dedos.
Ahora
que sueño y que bebo los mares, ahora que grito y que miro cristales, ahora que
late y tatuo en el sauce, las palabras que quiero en el aire…ahora que miro y que vivo en el viento, ahora que subo y
dibujo despierto, ahora que sangro y respiro radiante...ahora, ya soy ese alguien.